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DAMASO-OGAZ.COM.VE  © 2010 ANA VICTORIA SÁNCHEZ F.

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En aquel tiempo, los fonógrafos, las tarjetas de erotismo rosa,
                los avisos: “VIAJE A LA LUNA POR CUARENTA CENTAVOS”.
La veneración de las imágenes de una manera preconcebida, tras un gesto untuoso,
                e intrigar al más allá hábilmente.
Los sueños...(Oh), arquitectura perfecta en el vacío,
                vago tuteo imprevisto,
                torpe,
                con una frase interrogativa intercalada.
Y lavarse las manos luego, imperturbables, entre aquello que no han visto
                o quizá no verán jamás.
                Y más afuera,
las preguntas simples, los niños en trance de terror y los recuerdos
                dando paso a una sorpresa que se mostraba lentamente,
                haciendo golpear las cabezas en el tabique,
                más adentro.
¿Qué punto perdido, o encontrado, me guiará donde las pisadas han sido borradas
                y el rostro ha sido confundido?
Si ellos, además, eran simples empleados que tendían sus días con las manos
                contraídas,
                con los ojos dirigidos a un tranquilo perecer,
mientras sombrías esponjas maceraban sus semblantes.
Precariamente eligieron los signos de una lengua aún desconocida.
                Ciertamente, yo os amo,
                estremecimientos,
                huecos,
                ventanas arañadas en la superficie,
                puertas condenadas,
                casa familiar crecida como un árbol invernal.
Deudos míos a quienes tiendo las manos, lo más desconsolador
                de nuestros sentidos.
                Acercáos
con ese paso afelpado, más ligero que vuestros nombres.
Y repitamos otra vez los himnos, las viejas coplas, las mágicas consejas.
Juntos esta vez a las plantas trepadoras congeladas,
poniendo en acción ese corazón que teníamos apretado en el jardín
                y que se ahuecaba como las hojas bajo el viento.
                Deslicémonos de nuevo
por los cajones atiborrados de cosa brillantes, frágiles,
                impares,
fragmentadas como esos caparazones de almejas pintadas de colores vivos,
                con paisajes marinos,
                viviendo amortiguadamente.
Nos deslizamos por las hendiduras de las pendientes y a veces,
                con una mirada que ya no se maravilla,
                animamos relaciones casuales.
Una ventana, a través de la noche, agita una cinta de letras doradas.
                                         (¡Huyamos de su asedio!)
Sus vestidos hicieron un ruido menudo de medallas,
                las gallinas cacarearon dulcemente encima de los huevos
                y el eco de un galope infantil resonó en el lindero de la memoria.
Están todos, todos y yo giro en torno de ellos y no puedo abordarles
                y me quedo
                y soy ese niño incierto, de débil trazado, en filigrana,
                que se deja ir enredando como una planta que sueña con la lluvia.
                                  Basta por ahora. Campesino anciano, tembloroso, antiguo habitante
                                  de los montes vascos. Pastor de barba blanca.
                                  Basta por ahora, imagen anterior a mí que nada ha consolado.
No levanten las piedras en su actitud de sapo adormecido,
no violen esas vidas sumergidas entre las raíces de los árboles, bajo el asfalto,
                si allí se ocultan aún los amables sueños,
                los juguetes de una voluntad desgarradora.
Sé que están predestinados a no blasfemar, a no poder sacar la lengua
                ni hacer el menor visaje,
mientras el recuerdo quema los ojos como una fragua reavivada bruscamente.
                En aquel tiempo,
el lujo inusitado de las ferias nos sumergía también en ese viejo olor
                a piedra mojada,
                a hierba quemada en el brasero,
                a canasta de ciruelas violetas en donde circulaban las abejas, las moscas.
Y organizábamos esas sensaciones tras la venta de media cruz de Isabel La Católica
                o un mueble roto.
Retornábamos con el lujo vacío de sus facultades y pasábamos
                frente a las alcobas que ocultaban mujeres que de súbito resplandecían,
                bajo viejas sogas que pendían de los balcones
                y veía nacer dos pequeños pies brillantes e indecisos.
Me detenía presagioso, con el deseo de parecerme a aquel profesor de numismática
                que había venido como todos los misterios
                y movía su monóculo de diestra a siniestra
                y exclamaba: “El metal guarda lo perpetuo...”
Entonces, era el visitante indiferente, el desertor
que de continuo hablaba del sueño como un recurso personal.
Y eras mi cómplice, mi testigo silencioso, pues había heredado de ti este afán
por los actos no arrastrado, no fermentado todavía sobre los recuerdos.
                Ven ahora, silenciosa cómplice,
                acércate,
contemplemos el brillo de estos instrumentos extravagantes
                donde el objeto es reconocer y ser reconocido.
                He ahí el extraño río, plataforma de la casa
y de las otras casas que florecieron en las vías del tren, entre los rieles,
                con hojas cenicientas.
Su curso exterior, guardián de un umbral defendido, tocado
                fugazmente por los reflejos,
te haría volver más tarde ligeramente transformada, al despertar.
La edad de la razón, donde la imaginación iba perdiendo todas sus fuentes y era
un telón en blanco sobre el cual ya nada de lo tuyo parecía imprimirse,
                cortó las palabras entrecruzadas.
Las palabras que te fueron antes destinadas, colgaron de un clavo
                junto a las cuentas del mes, sobre un vacío helado.
                Está dicho.
                Breve es el paso
por estos quemados corredores que no aciertan los comienzos del día.
                Si todo, menos lo imaginado, vuélvese a su origen,
si a menudo, tu gargantilla de un rosa ardiente con un pequeño corazón
                que presumía en el centro,
me incorpora vagamente a su séquito y acepto el riesgo.
                Tú lo sabes.
No ignoras que existen dos barras de vidrio expuestas al vaho del aliento
                que nos evaden de los actos de hoy.
                Sometidos.
Pero algo denso, huellas donde hoy se estanca un poco de agua verde,
                de ti asciende.
Rumor de arterias donde el amor ardió antiguamente de un solo golpe.
Después, todavía con una mueca que entendemos perfectamente, ¿quién no osaría
                servirse del cielo como en las profecías o en los himnos?
               Con un ojo austero, con un labio demasiado pálido.
Todo golpeó sobre la casa locamente, como para romper, y un pájaro vino
                a buscar en la ventana, se asombró
y luego voló para formar una nube en un rincón del jardín                         
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...Continuación del poemario “Paso Atrás” (Pág. 4)
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EN AQUEL TIEMPO, LOS FONÓGRAFOS
A veces,
cuando se cierran solas las puertas
y un trozo de jardín es despertado
bruscamente por el viento,
                el gallo canta.
A veces,
cuando una mancha de sol que se desplaza
pálidamente, con pesar, sobre el piso de tablas
y cubre incomprensibles y queridas siluetas presas de un secreto,
                el corazón da un vuelco.
Sucesos todos,
unidos por el peso de las tinieblas de los techos,
por la dureza del olivo de la antigüedad y no obstante
toda descendencia no acierta en esos límites,
en esas tierras sin raíces, recalentadas,
con algún pájaro extraviado encima de su dominio pétreo.
Sólo nos vemos animados, en su presencia, como un abejorro
tumbado que ha perdido el equilibrio.
Viejos techos ciegos y sordos, mensajeros
enlodados por los inviernos, antes arqueros
que velaban en lo alto de las torres.
Están clavados al costado de las calles como un gráfico,
una mancha de tinta en un cuaderno de notas,
unos ciegos atados a la noria.
No son ya asombro de la concurrencia que marcha
y vuelve sin poder ni desear franquear ese circulo
receloso que guarda las apariencias, los mecanismos obligatorios.
Entre las siluetas familiares y ellos hay la consistencia de un musgo
oscuro, desecado, unas alas rígidas
que se consumen en medio de una difícil realidad.
Sus presencias soterradas, vuelcos del corazón
que no son desvelados más que por un trémulo vuelo de pájaro,
no cesan, sin embargo, de citar a los lisiados del parque,
a los fotógrafos que entre telones de fondos verdosos,
pudieran iluminar de nuevo sus vidas.
Giran circulares vientos, cantos del gallo, a veces.
Y las piedras que ruedan desde sus cumbres
nos convierten al rozarnos en cómplices de ese juego,
de esas representaciones llenas de sobreentendidos.
A veces,
cuando en sitio equivocado dejamos algún pensamiento,
vosotros, techos y siluetas solas otra vez,
volvéis como al principio, entre los sucesos de un sueño
brillante e indeciso.
FALSAS MANCHAS DE TINTA, TECHOS
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Imágenes de yeso caídas de su trono, de sueños vertiginosos e inciertos
y ojos lentos, demasiado frágiles, solían hablar:
                “La serpiente debería tener manos para decirle: estamos en tus manos”.
Pero permanecían en las repisas con sus cabezas colmadas de vagas ambigüedades,
                entre olas inmóviles,
                entre los velos del vapor que se desprendía,
                el manantial quieto
al que se acercaban y ante el cual todos se agachaban, bebían
en la palma de la mano múltiples desolladuras sin fructificación.
Una corriente de temores los llevaba a ver los brazos que ejercen las venganzas
y las imágenes tendían unas manos un poco tiesas y despintadas en los bordes,
pero todos acudían al círculo de ese sueño.
               Una de ellas,
de piel muerta, azul y rosada, dividida en trozos irregulares
y entre cuyos trozos el labio superior no era ningún labio,
                se preguntaba:
                “¿Quién descansar puede, así, como descansa la tarde sobre el naranjo?”
Esas simulaciones humanas, desertores suspendidos y amurallados
a distancia conveniente, eran visitados en el tercer cuarto de la casa
                y luego venían las acusaciones,
                el llanto convulso,
los ataques sin orientación interior, como juguete empujado por una mano
                temblorosa:
                                  Señores, se transita a sí misma y me culpa...
                                  para que no tuviese que reventar en un desolladero o en
                                  un campo enlodado lo traímos con nosotros...
                                  Señores, señoras, ¡vamos!, el primer resplandor...
A la aspereza de esos días junto a las repisas y a un sol engañoso
que absorbía el exterior y descomponía el marco de la puerta,
se unía un pensamiento de advenimiento, de Paraíso cerrado que esperaba
                una resurrección.
En mi madre la piel se volvió transparente, se convirtió en algo leve,
                desaparecía,
                se desvanecía y en el umbral se transformaba en aire,
                polvo,
                o leve vaho sobre los verdes tersos y relucientes del jardín.
Las horas de nuevo se recompusieron, empezando lenta, dócilmente,
                a desplegarse,
                a extenderse, largas,
                en silencio,
provocando una torpeza de movimientos en la salida del tercer cuarto.
Y las imágenes volvieron a quedar desperdigadas, más ausentes,
más despintadas en los bordes, como piedras en el polvo de la calle.
                Inestables. Quebradizas.
                Incapaces de concitar, en su contra, los celos.
Volvieron a ser abandonadas armas de un tormentoso y antiguo juego.
Los artificios de esos sueños prolongaron ahora los restos del día infinito.
Como un recurso seguro en el conjunto del torbellino, alguien
                entre nosotros,
                a través de las celosías,
                en un visible centro proclamador,
tendió los rojos hilos de una tentación, mordió con la boca abierta
y el pan se estiró entre los dientes, cambió de lugar
como un hueso entre los dientes de un perro y al final chasqueó la lengua
y el sonido perpetró un pensamiento perturbador y nos vimos paralizados.
                Desciendan,
                recojan sus zapatos y prosigan.
                Ya irán aprendiendo,
                imágenes reproducidas de viejísimos códices.
SOPORTES
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