Qué imprecisa estás por fuera, por la imagen,
esa visión de ti misma en el espejo, por el tacto
que nada perturba en su ascensión,
por aquello que se ha ido fijando en tus ojos, dentro
de un circulo que revelaba tus perturbaciones y te precipitaba,
tras la penumbra que retenían los postigos,
en la adversidad.
Porque no hay tregua al comprender, pero
no es la tristeza de no ser santos, como imaginaba Bloy,
sino la sensación de hallarse sumergido en la madeja, sin un nudo
al extremo de la cuerda.
Todo se ve así sin excepción.
Lo aparentemente más lejano y lo más próximo, marca gestos,
toca con el borde de los dedos los días y las noches
en un marco propicio a las separaciones, a los deslizamientos
de un ovillo, que abre un pasaje entre dos apariciones, donde
la lluvia y las palabras se escurren sin detenerse.
Ese ciego movimiento nos aparta, una puerta sellada nos pierde
y unas manos cierran el circulo como arena movediza, mas
aquello que tus ojos reflejaron se tornó inmarchitable.
Que de nadie,
de nadie sino de tus visiones son estas manos, conmovidas
a causa del abandono y sin que procuren la fuga.
Ellas, que disponían las flores de la más extraña manera y las palpaban
para que adquiriesen realidad y fueran un pretexto ingenioso para hablar
de la vida, permanecen libres de ser separadas.
De todos los objetos personales donde ellas estuvieron ayer,
¿cuál les sería ahora reconocible?
Entregada a la protección de ese aire demasiado enrarecido
y esos barandales que ponen orden y corresponden a la antigua idea,
está también esa especial manera vacilante que te fue propia, ese modo
de escurrirte ya entonces tan temido.
Acércate,
fugaz grito de transeúnte tomado de sorpresa, la mano levantada
en señal de reconocimiento y tus predilecciones, así,
podrán parecerme inesperadamente espléndidas.
El gramófono canta detrás de alguna habitación y las palabras,
presencias indescifrables para el fondo de una fotografía,
se te confunden en la garganta fija y se encienden y se apagan
como las señales de peligro.
Realmente, si se deshicieran las formas, el sentido visible que rodea tu imagen,
el poder de atar y desatar en lo efímero,
y fueran arrancadas las partículas del papel donde tu cuerpo ha perdido
todo peso, duraría lo que eres...?
Aún esas rosas que se prodigan y sostienen los conceptos,
que registran los latidos de una alta dignidad y vibran
los unos en las otras
y se otorgan a sí mismas un poder, se te han instalado profundamente.
Ese jarrón que se ha desgastado poco a poco detrás de ti,
habituado a tantas pruebas de tu existencia,
escruta también ese mundo convenido, ese aspecto quimérico cuya clave no poseemos.
Estaba escrito, dicen.
Pero la vieja quemadura que hace alzar los hombros y dar una voltereta
para apartarse del desastre,
no aplacaba la luz que permanecía en sus líneas, helándose suavemente,
ofreciendo el testimonio de un vello de gran fineza que doraba
lo alto de tus mejillas.
Siento por igual lo que aparentemente respira, lo que se niega a vivir
(el jarrón de las rosas, el barandal, el gramófono que no emite sonidos),
lo que a imagen y semejanza se somete a la fidelidad de un orden
que ahueca los ojos.
(Desde el fondo de la imagen fotográfica te presiento llamar,
inútilmente.)
Luego viene un salto, un ademán de vuelo o de giro,
porque la duda suele ser un bailarín que cruza la atmósfera,
oscila,
se inclina en procura de alguien que diga que es mentira.
Mentira
el ingenioso resorte del número para suplantar tu nombre.
Haz que este sueño tome coherencia, aunque conserve todavía esa forma indirecta,
como un pie en el cercado ajeno.
Bastaría un gesto.
Un gesto diciendo lo que eres.
(Quien me percibe posibilita mi existencia.)
(SOBRE AVISO)
Noche de antiguas excepciones, de pasiones dirigidas, llevadas a cuesta de boca en boca y a través de otra especie de noche que se movía, que palpitaba en el hueco de la mano, oloroso como una vieja madera.
Hay un orden que no se vuelve a hallar, o vuelve semejante a alguien fotografiado delante de un decorado de salón, sin un andar, sin las hojas removidas por el viento sedoso al filo de la ventana y sólo se ve emerger allí, desde una nube, un gorrión que quisiera hablarnos.
Porque ya no hay, en esos trazados paralelos con una línea para la excepción, quien asista (p.e.) a la parturienta en su riesgo, su arranque, su secreto y su “delito”. Ni quien denuncie la falsa moneda de rescate, por la cual todos querrían escapar un día.
Dentro de la piel crecen como dentro de una jaula y torpemente la presunción los confunde y las conversaciones se llenan de sobreentendidos y de excepciones, donde la mano de bronce del llamador ocupa el lugar de la mudas interjecciones.
(A OJO DESCUBIERTO)
Abrí una puerta de escape...
Tal vez el ciego se deslumbra en su vacío, en su recinto hermético.
Busqué afuera, perdido en un juego del que ellos estaban excluidos y vi una niña imaginaria que saltaba sobre un pie entre cardenales y ladrillos rojos; seguí dificultosamente su huella y no tuve acceso. Hice ruido, extendí las piernas de manera irracional y la otra noche se hizo un gato enorme, inflado como un barril.
Alrededor de esa niña la noche se había vuelto salvaje, excepcional.
Torné a circular por el estrecho corredor donde la propia voz era un eco invariable de su extremo.
Cerré los ojos sobre ese decorado que amarillaba, siempre en un antiguo orden, y no quedaba más que una edificación cerrada, un patio replegado sobre si mismo, propicio para las citas imaginarias, y un corazón ocupado por mucho tiempo dentro de esa envoltura lisa, que parecía lamida, lustrada por múltiples manos.
Sin embargo, cada objeto tenía su rasgadura particular, cada mueble su decoloración personal.
Cedí entonces, momentáneamente, a la mirada fascinadora de esa niña imaginaria y su óvalo, cercado por una luna agreste, torpe, que subía al cenit, era arrastrado como un trozo de madera en la corriente, con una bella condenación prevista...
Aprender a subir sin hundirse súbitamente, eran los argumentos de una defensa insensata.
Me confié a los vendedores de presagios,
de llaves maestras,
y ellos armaron su trampa, el instrumento para agarrar de pronto las imágenes por sorpresa, como uno se puede aferrar a una rama de árbol por temor a resbalar.
Sus voces tenían una cierta profundidad naranja, enfermiza, y en sus manos volvían los huecos moldes a ponerse sólidos y los ojos que eran de nuevo sólidos fueron excavados y en sus fondos hallaron frascos de aroma espeso, pequeñas cajas de colores y tubos rotulados junto a las camas.
Dejaban formarse al derredor una zona de misterio que había que atravesar de una zancada u optar por quedarse del otro lado, donde el esplendor ceremonioso débilmente llegaba y el árbol familiar, en el cual algunos revoloteaban o se mecían como en un balancín, transmitía espejismos adecuados y melancólicos.
La niña imaginaria iba quebrándose muy alto, inhábil para trasladar su oculto significado.
De una manera muy vaga me conducía y la memoria entraba aún en mí como al hueco de una herida.
No hubo palabras de por medio, ellas habían sido encajonadas y la niña terminó por ocultarse, como un cómplice, tras la noche suntuosa que entraba por la ventana, que se agitaba, que bullía, chillaba, llena de ladridos, cantos de gallo, de rumores.
Desde ese día,
la niña y yo, esperamos un momento favorable para rehacer un tiempo que las hierbas ya han invadido.
(GUARDAN CELOSAMENTE LAS FORMAS)
En la superficie de un agua agitada, una vieja vasija era también un agujero en la memoria, los primeros pasos de un retorno, acaso con los naipes y los residuos de la vida acumulados en un bolsillo, con las baratas flores entre los dedos en un precario equilibrio, con ese sollozo inmenso, sin límites que se perdía cada vez en el aire, mientras el rostro se ocultaba para encerrarse dentro de una lágrima que colgaba de la ranura de un ojo mayor.
Retornaban tal vez los que maquinalmente habían caído del árbol familiar, los queridos deudos que solían usar levita y modos articulados de personas libres.
Aplico el oído.
Algo se ha roto en el mecanismo del silencio y había desarrollado la habitación y la despedida volvía a estar sobre todos los labios.
Una piel aflojada sobre esos corazones inexpertos.
Arribo al cuarto con el piso de ladrillos rojos y ya no están lustrosos, se han vuelto imprecisos, de un pardo neutro y los ojos no logran acomodarse al pozo que la lámpara labró en ese abismo.
Pretendo un término en lo mortal, empero cuesta familiarizarse con estos rostros llenos de asentimiento, con estas bocas fijas, estos finos resortes a la intemperie, sobrepuesto en los rectángulos pardos.
Debo creer que en este mar cuadrado, que fue rojo un día, tanteando automáticamente obstáculos que le son casi ignorados, irá la muy pequeña Zahira, la niña imaginaria, sin descubrir una señal para ser identificada.
Debo creer que alguien, acerado y luminoso como las flechas, la condujo a ese fondo de la casa en que todo permanece incomprensiblemente oliendo a polvo o piedra mojada y el suspenso se pega a los dedos como las escamas de un pez que sale del agua.
Más, quién la guía para que no caiga de los bordes y se presente en el jardín con el placer de los insectos...
Algo la sostiene en ese cuadro de ladrillos pardos, donde se han ido resquebrajando uno tras otro los remotos días de exaltación.
Quizá posee, como única referencia, la visión de una flecha que indicaba el lugar de un cielo ordenado, acicalada por nubes blancas, y ella le allana los obstáculos que tienen para ella gestos imprevisibles e inquietantes.
Hija con los pequeños dedos pegoteados de chocolate, reducida a espuma, piel secreta, aterciopelada y tersa, dulce al ojo.
(LOS RETRATOS)
Arde aún en los muebles un antiguo terror y un profundo y secreto orgullo que los llena de grandes agujeros, y en cuyo centro -ellos todavía- encogen los largos dedos y hacen un signo en la frente.
A través del moho que corroe sus trémulas imágenes, alguien hace un juego de manos, se inclina por encima de esa especie de agua que forman los cristales y contempla un fondo de objetos inverosímiles.
En lo privado,
sus dedos se cogen de nosotros como a cumplir una cita destinada.
Mas en las noches no saben cómo ayudarse y la vida cae de sus dedos y pasa entre las junturas de los marcos dorados.
Nadie puede impedirlo
Frágiles tejidos perseverantes.
Retratos apagados, leve envoltorio de la vida que el cristal aprisiona, ¿cómo los dominaré?
Si cuando vuelvo los ojos y abro los dedos anhelante, alguien se esconde y en mi propia memoria echa los cerrojos de otra noche tenaz.
Son un paisaje inmutable, toda una vegetación abrumada, con los frutos escondidos entre las zarzas, con los labios apretados por palabras crujientes, secas, agotadas, donde el polvo hace un nido estéril.
Mujeres inermes y ceñidas, pálidas bajo sus afeites, tienen un nudo oculto que las ata a los anillos del muro.
Sí, señoras durmientes,
comprendo el legado de vuestro mundo aplastado ahora por la hierba de una fresca primavera.
Volved la memoria al polvo
y las manos, ayer conjurantes, entre la sequedad y el foso choquen la una contra la otra, porque escabar parece ahora su oficio.