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DAMASO-OGAZ.COM.VE  © 2010 ANA VICTORIA SÁNCHEZ F.

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Seductores pinos araucanos que habitaban el fondo de la casa,
                moradores del aire nocturno,
                sombríos oficiantes
privados ahora del verdor de sus túnicas y de esas máscaras
                entretejidas,
que tendían hacia nosotros sus débiles soportes cuando el día se iba
                en busca de las primeras sombras
y los gorriones se agitaban en lo alto de sus ramas.
Dónde estarán hoy estos esperados huéspedes, estas existencias
que yacían al pie de la tarde en áspero crujir de ramas secas.
                Paso blando, oscuro,
                a menudo como una esponja.
                En el pasado,
cuando la vieja casa era habitada por nuestros ademanes y danzábamos
                en ese conjunto de soledades,
eran criaturas perfectas, elementos fronterizos aun
                como las grandes piedras.
Pero vivieron luces que cambiaban de color insistentemente,
que golpeaban muros y extraviaban hasta hacernos sentir espectrales
y nos cegaron, trazaron una línea divisoria.
Podré reconocerlos desde este borde al cual he sido traído
por unos insatisfechos, pobres, mansos zapatos llenos de tierra
mezclada con hojarascas; vacíos vivientes.
                        Salid, antiguos delirios, id a buscar férreas ligaduras
                        para poder perpetuar la atmósfera de sus actos.
Lo que una vez perdí, en vosotros -arcos de agujas sombrías- lo encontraré
                transformado.
               Madre que te ocultas y vives con ellos,
víctima del polvo, la inercia y su ineluctable proceso devorador.
Estás tal vez confundida en la misma y única aventura,
recibiendo iguales discriminaciones, sufriendo idénticos rigores.
Pinos escogidos que crecieron dentro de un zumbido de insecto excitado,
                crujiente bosque que se pudrió
y se secó como un gorrión un día lo hizo en su nido, qué lejos de nosotros,
entonces, el esplendor de los albos tejidos, el corredor
                rodeado de vapores a la entrada del otoño.
Tan lejos de nosotros se escurren a su ruina que apenas
si en la memoria hay alguien menos poseído que ellos, menos seguros
en su vida privada.       
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...Continuación del poemario “Paso Atrás” (Pág. 2)
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IMAGEN DUAL
ADEMÁS INEVITABLE SUEÑO
Susurran, crujen vestidos, cada cual a su manera sobre la piel tirante o instalados
                 en el sillón, dentro de los sueños que se sustraen a todo cálculo, bajo la hilera
                 de perlas falsas que se sacuden creando ondas, cambiando de lugar a cada                            instante, iluminando con una luz opaca, inexperta.
Luego un viento de invierno se apodera de ellos, es un viento contrario que los
                desvía de su curso, sopla en ellos. Introduce una mano y los golpea hasta
                 dejarlos vacíos.
Se hinchan abrigos, no obstante,
faldas,
se mueven mangas que gesticulan
vacías de manos.
Un hilo de mi infancia está atado a esos telares,
perdido, entrecruzado,
como mi abuela extraviada en un sueño donde pareciera estar descartado todo
                 temor, donde su imagen, vaciada también de ella misma, no podría ya
                 acurrucarse bajo esos vestidos que mordisquean una leve sonrisa, contra
                 esas paredes revestidas de flores neutras, ni abrir la mano en donde un
                 pollo del ayer lejano, lleno de sangre y de plumas, esparcería olor espeso
                 junto al humo de la cocina que reconstruiría nuevas formas impalpables,
                 familiares, que se estirarían indefinidamente en un ciclo abollado como
                 una vieja olla.
Esas plumas desangradas volaron un día empujadas por un viento violento,
                 giraron sin tocar nada, pero todas las cosas se pusieron tensas como si fueran
                 a ser atacadas.
Su tiempo había pasado.
Se entrecruzaron los hilos del telar de una manera diferente y ellos fueron nivelados
                 como las piedras de la calle, pero el uno quedó en deuda con el otro.
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INCOMUNICABLES
¿Quién cae al vacío con las manos en alto?
                                                                                                   ¿Quién...?
El día era pequeño y redondo como una moneda, un pequeño circulo
convexo donde los hilos iban anudándose en espacios regulares,
y el sol era un punto a la honda ciénaga enraizado,
fina armadura pervertida y calcinada por el fuego del verano.
                                                                                                   ¿Quién cae...?
Algo de tu piel permanece en ese día, como óxido en las armas de caza,
                 permanece,
                 se extiende
                 y se volatiliza...
Volteo la cabeza, olisqueo el aire subido sobre esa piedra gigantesca
semejante a un mamut que es la casa familiar y veo los jardines vecinos,
                 los techos, los postes del alumbrado,
cubiertos con una coraza de papel de seda color naranja.
                Hago ademanes,
                 muevo el papel transparente,
                 anaranjado...
Con la fuerza del toro que asalta y brama en los antiguos grabados,
el sol, vértigo del mediodía, entra en posesión y a su toque
tu fugaz realidad se descompone.
                 El polvo ronda la boca.
El aire contenido debajo del papel de seda rodea las imágenes inmóviles
donde antes pacía un buey que ahora se ha transformado en  piedra
                 anaranjada.
                                         Ocultad, buenas criaturas, las experiencias precoces,
                                          la solemnidad de los grandes días.
                                          Pero, ¿y esto será todo...?
Las puertas que se mostraban persuasivas nos engañaban al traslucir
el dominio imprevisible de lo íntimo, parecían absorber,
descomponer los restos de vida que colgaban como telas vacías
                 en el largo corredor.
También eran afectadas las agujas que giraban en circulo insistentemente
y el mendigo de ojos bizcos que visitaba las puertas de la tarde,
pero nadie sospechaba, ¡tardes de la infancia!, que un niño vigila
                 o duerme temeroso, sin precauciones.
Sorprendería saber que al abrir la habitación se verían proyectados los latidos
de su pulso como un pez preso en los cristales,
en los cajones más oscuros de la oscura cómoda, sorprendería saber
que los adultos, sombras junto a la sombra de la tarde, han amado sin punto fijo
y que aun de este extravío han construido historias con finales amables,
fábulas con algunos enamorados de fondo (otras nereídas)
o películas con manzanas rodando sobre un gran telón.
                                          Cuidaos de las vagas perspectivas que el tiempo es breve
                                          y el historiador tal vez diga: “¡Y esto será todo...!
Me incliné bajo el sol de las tres de la tarde y sus perfumes
y el recuerdo de ella se inclina por las sombras y aun parece cerrar los ojos
por ese temor, revelador, paciente de las herencias temporales.
Lo más difícil es casi siempre o más cercano -lo hemos aprendido tú y yo-
y así tu presencia se ve confundida con el eco de cristales rotos,
con esas manos invisibles que aporrean puertas en el vecindario, con el ruido
de los vehículos de los verduleros bajo el sol de la calle,
                 un sol diferente.
                 (Entre una y otra contracción del rostro, por ello,
                 la novia ya vestida que va y viene, hácese esas reconvenciones de sabor amargo:                    “Juntos aprenderemos a remontar como los globos”.)
Reconocí de nuevo el papel de seda anaranjado que tamiza, convirtiendo en bruma
las flores absurdamente disciplinadas sobre ese falso campanudo isabelino.
                Ilusiones ópticas que verifican un orden secreto.
Trata de reconocerme, hechicera de transparencia anaranjada,
ahora que lo cercano ha huido para nosotros, ahora que el cubo de resorte
y la cuerda para saltar, el aro y la pelota de goma vacía,
se han detenido y tornado del color de las naranjas del patio.
                Pero no. “Esto es irreal”, declaran mis familiares con su natural lucidez.
                 Es verdad...
No siempre tu corazón entra y sale en medio de las horas de la tarde
                 e igual todo prosigue.
Mis familiares viven y se precisan entre gritos de furor
y los antepasados hablan desde lejos a través de las tarjetas ornamentadas,
las fotografías de un cintura de avispa graduada por los cordones del corsé
o de las señales luminosas de tu espejo de la polvera. Y desde más lejos,
                 desde un borroso pozo.
                                                                                                   ¿Quién cae todavía...?
Recuerdo que decían: “Ella no vendrá en tu ayuda. Ni el espejo de pequeño marco de fresno
                                                                                                  [cuenta ya con su corazón.”
En esos recintos cerrados de la tarde, la esperanza era una habitación sin muebles,
sin alfombra, donde el polvo caía lentamente sobre el piso
rozando las paredes empapeladas con guirnaldas de extrañas hojas.
Se tocaba en vano, todos parecían dormir sin ningún motivo aparente.
Y aquella que anduvo errante y anima relaciones casi casuales
cuando la coraza de papel le roba sus formas, abre el ojo más penetrante
                 y grita: “Levántate y anda!”
Entonces un mundo incomunicable se sacude contra la voluntad de todos
                 y se desliza,
                 hurga en las ornadas paredes,
                 en las otras puertas intocadas
y a su simple contacto muere el siempre renovable acto de esa realidad
                 (Entierra los ojos en el polvo, si quieres,
                 pero ten presente que hasta allí irán a sacarlos.)
                                          Cuidaos de las vagas perspectivas que el tiempo es breve
                                          y el historiador tal vez diga:
                                          “Mucho has demorado en tu caída”.
El otro sol arreciaba afuera y he aquí una metamorfosis:
                 La coraza anaranjada se hace más transparente, se deshoja y ya están las cosas movidas de nuevo por el reloj de la primera habitación.
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De las hojas subía un día pardo, la angustia se instalaba cómodamente, reunía
                víctimas de los gusanos negros y peludos del mes de junio y el sol se
                ahogaba en ese vaho metálico, que devoraba anémonas, manuscritos, secretos,                     como un ejército de orugas invisibles.
Escribí con un dedo sobre el vidrio empañado por el aliento, por el vaho del
                jardín, y aparecieron en verde las hojas del parrón, las manos de Tiana,                                 semiocultas por los fragmentos de hojas secas que se habían amontonado
                en gruesos almohadones. Un gorrión se desprendió chillando de la escritura
                y voló a grandes aletazos y apareció entre los arabescos de dos letras en                               colores más oscuros.
El orden volvía lentamente y se alejaba como un perro apaciguado, de cola cortada.
El jardín recobraba su aire verde deslucido, plomizo, las hojas se volvían pesadas
                y los saludos circulaban a postigos cerrados. Era la invasión de un vacío. Las                        hojas ya no tenían realidad, vivíamos una alucinación que nos proyectaba, a                           manera de un árbol más alto, hasta el fondo del horizonte.
ALGUNA VEZ MENCIONADO
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Iban en punta de pie, tratando de saltar las charcas del patio, viéndose reflejados
                en el salto, juntos, al borde.
Cambiando de niveles, saltando de un umbral a otro, de una cosa que emanaba
                una espera a otra que era una presencia insólita en el salto: unas manos                                 envaselinadas y un azul desleído que tiraba amarillo.
Suspendidos de tramo en tramo con labios de besos apretados que no tenían ya
                importancia, dejando que los rostros se agitaran entre el corazón y el viento
                con el aire de participar de un universo al que no todos tenían acceso.
Pero nada pudieron resolver.
Los tejidos se habían vuelto viscosos con el roce de las hierbas y el agua, eran una
               acumulación de señales imprevisibles en medio de las cuales nadie parecía
                reconocerse.
Tras cada nueva pirueta un halo de corazoncitos dorados cambiaba de lugar, se
                entrecruzaba con una cadena que portaba un diente de leche perdido también
                en una existencia desmesurada que flotaba alrededor de las charcas, ahí
                donde alguien dejaba caer agua sobre un espejo y el viento apartaba los hilos                        dejados por los sueños.
Tres golondrinas, con las alas despintadas, que salieron de una nube aplastada,
                amarillenta, desdibujadas entre dos cortinas de cretona floreada, aminoró
                los saltos.
Luego una enorme ola de nubes rodó desde el fondo del patio y sintieron en sus
                cabezas el espacio vacío, como si fuera el cuello levantado de un abrigo.
Nada pudo ser revelado.
Sobre las charcas reptaba ahora una serpiente blanca que se extendía desde la
                chimenea y se instalaba en el sillón del pasado.
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ACTO DE EQUILIBRIO O EXALTACIÓN
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