DAMASO-OGAZ.COM.VE © 2010 ANA VICTORIA SÁNCHEZ F.
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El ginecónomo¹ Dámaso Ogaz se echó hacia atrás en su sillón y acarició las tapas de un viejo libro. La curiosidad intelectual de Ogaz estaba dirigida hacia el volumen que tenía en las manos. Concretamente, estaba preguntándose si la piel humana con la que se hallaba encuadernado el libro provenía de un hombre, de una mujer o de un niño.
Alberto Brandt le había asegurado que el tomo se encontraba encuadernado con una porción de la piel de una mujer, pero monsieur Ogaz, por mucho que quisiera creerlo, era escéptico por naturaleza.
Aun así, esperaba que la afirmación fuera verdad. Era bueno tener un libro encuadernado en piel de mujer. Era agradable tener una crux ansata hecha con un fémur, una colección de cabezas de yacks; una mano gloriosa ajada, pisada de un cementerio de Maguncia.
El ginecónomo levantó el libro hacia la luz y trató de distinguir la formación de los poros bajo la superficie curtida de la encuadernación. Las mujeres tenían poros más finos que los hombres, ¿no era verdad?
Mientras acariciaba el lomo del libro, monsieur Ogaz reflexionaba. Sobre su escritorio además reposaba una calavera que brillaba con un color blanco marfil a la luz del hogar. La calavera era distinta, no sonreía como las demás. Algo se lanzó hacia Ogaz desde el suelo de su estudio; algo se arrojó sobre su garganta.
Ogaz levantó ciegamente su revolver y disparó. El sonido y la visión se borraron por un instante. Cuando se recuperó, estaba semiarrodillado en el piso. Una gran forma peluda yacía a sus pies, una iguana imantada que brillaba como una joya de Marte. Ogaz reconoció el cadáver de un perro policía gigantesco. Entonces vio de nuevo el cráneo, que ahora reposaba sobre la almohada, un terrible compañero de lecho. Ogaz pudo ver con tranquilidad la solemnidad peculiar de la calavera. El cráneo había trepado por un lado de la cama. Sus dientes se cerraron sobre la esquina colgante de una sábana y ascendió hacia el lecho. La calavera se estaba moviendo.
Un alarido subió por su garganta, la calavera le rasgó la yugular a Ogaz, con crueldad. Hubo un jadeo, un estertor y silencio.
Después de un tiempo, el cráneo se enderezó sobre el pecho de Ogaz, un pecho que ya no oscilaba con la respiración, y la calavera descansó ahí con una simulación curiosa de reposo de guerrero satisfecho.
La luz de la luna brilló sobre el marfil del cráneo, para revelar una circunstancia muy extraña: reposando sobre el pecho de Dámaso Ogaz, la calavera del Marqués de Sade ya no estaba impasible. Sus rasgos ostentaban una sonrisa definitiva, inconfundiblemente sádica.
Carlos Contramaestre
Cabimas, 1968
Carlos Contramaestre
Los albañales del ginecónomo
Dámaso Ogaz o La muerte del ginecónomo*
¹ El ginecónomo era un magistrado cuyas funciones se reducían a informarse de la vida y costumbres de las mujeres de Atenas. Castigaba a las que atropellaban las leyes de la modestia y del pudor, y hacía que se escribiesen sus nombres en la plaza pública. Había diez ginecónomos. Dámaso Ogaz es el único sobreviviente.
* Texto fechado y firmado en Cabimas, estado Zulia, el 28 de noviembre de 1968. Pertenece a la colección de manuscritos de Carlos Contramaestre resguardados en la Sala Arcaya de la Biblioteca Nacional, Caracas.
Tomado de “El Techo de La Ballena / Antología”.
Juan Calzadilla, Israel Ortega Oropeza y Daniel González.
Monte Ávila Editores, Caracas, 2008. Pág. 332