Llaman; nadie contesta.
Preguntan; nadie sabe.
La quietud hace crujir la madera de sus ruedas y el tiempo
mueve los ojos herméticos, escépticos.
Sólo consta que han salido de su casa. Erraban inciertos e intercambiaban miradas
[entre las lilas del jardín,
predestinados y obsequiosos.
Tal vez un error de perspectiva los dejó indefensos, un vaivén característico
dado en dirección opuesta, los precipitó en esa trama invisible.
O alguna enfermedad antes superada los sorprendió de nuevo y despertaron,
revolviéronse en sus lechos y otra vez, durante largos días,
hablaron de propósitos ya demasiado conocidos.
Con frecuencia les desorientaba un detalle no advertido,
los maniquíes que penden rígidos, intocables en su mal,
y sus máscaras amenazantes, estrechas, a la medida del hombre.
Otras, una vestimenta sin significado, como ciertos inventos modernos tras los escaparates. Tal eran de distinta manera las mismas vicisitudes y no eran ciertamente lo habitual.
El cielo que ejercía su atracción los hizo prudentes,
empero entre ellos y la muerte había un odioso mal-entendido.
Todo parecía preparado de antemano, y aquel que ellos creían enviado por el destino, como arrastrado por cuerdas irresistibles, los llevó demasiado lejos, los extravió.
– Lo que es la luz puede caer en las tinieblas, dijeron.
Desde entonces hablaban entre dientes, sin poder de persuasión,
iban de una habitación a la otra, pálidos e inseguros, olvidados
como esos actos realizados en los sueños.
Se creían en la obligación de soportar, y ya enigmáticos
bamboleaban la cabeza suavemente. Antes que el gesto,
ellos trazaban la sombra del gesto. La sangre vibraba entonces
como si se distendiera para provocar determinados cambios.
Ni ellos mismos lo advertían. Jamás pensaron en ella como en un ser de posibles actos [desconocidos.
Mas ciertas modificaciones en sus intereses personales los oprimían ahora sin cesar.
Bajo un motivo imprevisible,
a veces al abrir un cajón para sacar un objeto mortalmente herido,
permanecían con los ojos cerrados. Ya saben,
ya tienen la certeza de la aterradora imperfección, la inmadurez,
cuando más se quiere ver. Cuando más querían ver,
eran en su interior una gran jaula de leones insomnes,
respetándose entre sí, pero prontos a caer y devorarse.
Dormían, transcurrían como a través de un vidrio,
rodeado de reflectores y alambradas.
Lo que a los demás sólo les rozaba tenía dominio sobre ellos.
Toda palabra falsa, todo gesto fingido actuaba, revoloteaba,
dentro de sus conciencias en forma de visiones.
Frente a la ventana se absorbían en la contemplación de los pequeños naranjos estériles,
y la amenazadora presencia de un letrero variable y rojo como las galaxias.
Temblaban de excitación ante ese espacio cortado a tijeras
semejante a un espejo incorruptible.
– Lo que el ojo refleja, lo que la mano domina, tiene aristas, dijeron.